Devocionales

No es difícil darse cuenta del por qué los individuos arrogantes caen mal en todas partes, ya que la altivez y la prepotencia en lugar de atraer producen rechazo.

Esto lo saben muy bien aquellos personajes que son amados entrañablemente por su público, aunque no tengan las mismas calidades de otras figuras a quien nadie se soporta.
Un claro ejemplo de esto podría ser Enrique Iglesias, un chico que aunque no es técnicamente un buen cantante, es más aceptado y querido que otros que lo rebasan en cuanto a calidad vocal e interpretativa.

Y el ser tan apreciado le ha granjeado el ser el campeón en ventas de discos, negocio que cada día es menos rentable para disqueras y artistas.
Enrique heredó el carisma de su padre Julio, quien no tenía problemas en sonreír, abrazar a su entrevistador, cargar un bebé o cantarle a una abuelita al oído y luego darle un beso.
Y es que los que se creen la última gaseosa del desierto y exigen aplausos y admiración, lo único que consiguen es la antipatía, pues aunque la gente tenga que reconocerles sus talentos, se resisten a aplaudirles, admirarles y quererles.
En la Biblia se cuenta la historia de un centurión romano que se ganó el corazón de Jesús y le hizo expresar palabras de elogio.
Este centurión tenía poder militar, ya que era jefe de un batallón de cien soldados romanos, tenía poder político, por cuanto Palestina era colonia romana, tenía poder económico, pues había llegado a construirle a los judíos una sinagoga de su propio bolsillo, y tenía toda la influencia que alguien pudiera desear.
Sin embargo, cuando precisó de Jesús para que sanara a un criado suyo no le mandó soldados que lo obligaran a ir, sino que envió a unos ancianos judíos para que le rogaran.

Y cuando Jesús se aproximó a su casa mandó otra comitiva para que le dijeran que no era necesario que entrara, ya que sabía que los judíos consideraban inmundo entrar a la casa de un no judío, al que llamaban despectivamente “perro”.
Y a la vez que le mandó a decir que no era digno de que entrara en su casa también le expresó que no fue personalmente ante Él porque tampoco se consideró digno de hacerlo.
Que sólo diga la palabra y que su criado sanará, puesto que sabía que Jesús tenía toda la autoridad para hacerlo.


Y esta actitud, ese proceder y esa fe demostrada, le robaron el corazón a Jesús.
No vayas a la presencia de Dios con arrogancia o con tonitos de altivez y exigencia, no importa que lo veas en la televisión o en algunos líderes espirituales.
Ve ante Papito Dios con confianza, con humildad y con un corazón rendido de amor a sus pies.


By Donizeti Barrios